“La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden”​ (Jn 14, 27) 

Hemos reflexionado, muchas veces, sobre la paz. En esta ocasión del Año nuevo lo abordaremos como la actitud que todos tenemos, no de tranquilidad sino de claridad y

ecuanimidad ante lo que aparece y se presenta en el transcurso de la aventura de la vida, es decir la paz interior la cual supera toda comprensión. 

No podemos cerrarnos ante lo evidente. En muchas ocasiones estamos enojados con nosotros mismos, con la vida, con Dios. Nos enfadamos por nuestros errores, estamos resentidos por nuestras debilidades, nos resistimos a hacer realidad nuestras aspiraciones más elevadas. Queremos progresar en todas las áreas de la vida, sin embargo, de manera reactiva buscamos más bien culpables en vez de posibles soluciones. 

Para poder experimentar la paz interior, debemos reconciliarnos con nosotros mismos, con la vida, y desde luego con Dios. Es necesario estar en sintonía, vivir la armonía, aprender a reflexionar y a escuchar lo que hay a nuestro alrededor. Quienes son contemplativos, han aprendido a entender rápidamente, lo que significa la paz interior. Porque sabemos escuchar y ver con los ojos y oídos lo que nos trasciende, es decir, Dios mismo. La meditación en oración es una manera excelente de desarrollar la conciencia en todas las áreas de la vida. Pero es fundamental para alcanzar la paz interior y para conservarla. 

No se trata de perdernos en los idealismos, sino darnos cuenta de “lo que realmente es”. Ni siquiera de lo que nos gustaría. Como dice el adagio, “al pan, pan y al vino, vino”. La paz interior no viene de ocultar, de decir mentiras o verdades a medias sino de llamar las cosas por su nombre. 

La paz interior se logra también cuando tenemos el conocimiento de que todo está bien, es decir de que estamos haciendo la voluntad de Dios. 

Vivir la paz interior en un mundo tan agitado y ruidoso, suena casi imposible y una lucha titánica. Sin embargo, podemos darnos nuestro tiempo para dialogar con nosotros mismos. Desde la fe hacer un “buen retiro”, que nos permita poner las cartas sobre la mesa y lograr concretar nuestros proyectos. 

Si queremos recorrer con éxito el camino que nos lleva a la paz interior, tendremos que desmontar algunos de los obstáculos personales que nos amenazan, el miedo al futuro y las lamentaciones por el pasado. El viaje completo a la paz interior significa que también tenemos que superar los baches de la envidia, los desvíos de la impaciencia, las calles sin salida de la terquedad y los puentes helados de la rigidez. Pero debemos viajar. El viaje hacia la paz personal no se realiza en un coche aparcado. 

La paz personal engendra energía. Nuestro incremento eficaz de energía física y espiritual puede ser pacificador de sus ambientes. Y así, lograr una paz y armonía en el mundo. 

Muchos la han buscado en libros de superación personal, y sin duda que se encuentran elementos que ayudan a ser consciente que esta paz nace interiormente y ahí se desarrolla, en el corazón, con la armonía de sentimientos, en la mente con la armonía de pensamientos e ideales, en las acciones, con la armonía de nuestro obrar concorde a quienes somos, y con la vida espiritual, estando en armonía con Dios y con su creación. 

La superación personal la tendremos cuando nos demos cuenta de la grande tarea que tenemos de propagar nuestra paz interior enriqueciendo nuestro entorno. Porque entonces seremos realmente felices. 

A todos les deseo un Año nuevo colmado de gracias y bendiciones. Les mando un abrazo con mi aprecio.

                                                 + Alfonso, Arzobispo de León