Camino pastoral 2020

 

 

 

A toda la Iglesia que peregrina en la Arquidiócesis de León, la saludo con afecto cristiano y le deseo Paz y bien:

 

Reunidos en Asamblea pastoral diocesana los días 29 y 30 del pasado mes de noviembre, hemos valorado la tarea prioritaria que habíamos asumido de trabajar a favor de la familia. Ahí mismo, un servidor trazó tres tareas que debemos hacer realidad para fortalecer nuestra vida cristiana personal y diocesana. Es decir, trabajar para ser: 

  1. Una Iglesia que va al encuentro con Jesucristo – para ser misionera
  2. Una Iglesia que escucha – para que asuma y practique la Nueva Evangelización
  3. Una Iglesia que sirve – para que actúe sinodalmente, es decir: sea solidaria

Finalmente, viendo la grave situación de violencia y deterioro social que vivimos, he indicado que durante el año pastoral 2020 tengamos como prioridad el ser “Sembradores de paz y reconciliación” asumiendo esta tarea con responsabilidad moral como forma de vida.

Para este propósito invito a recordar una verdad cristiana: la justicia y la paz son bienes inseparables. Su realización social es fruto de la justicia interior de los corazones y la rectitud de las conciencias. 

Es evidente que la convivencia pacífica tiene que ser promovida y protegida desde las instituciones del Estado. Es preciso tener en cuenta que la convivencia es también fruto de la educación que las personas reciben desde los primeros años de su infancia en el seno de la propia familia, y más tarde en las instituciones educativas de diferentes niveles y características. Sería un error muy grave no reconocer y apoyar la labor de las familias y de los educadores en esta preparación remota y profunda de la convivencia. 

Si vamos al fondo de las cosas, tendremos que reconocer que el clima social de justicia y el respeto sincero a la verdad, a la libertad y a los derechos de todos, nacen de las convicciones personales de los ciudadanos y de la determinación de cada uno a ser justo y proceder siempre con rectitud y justicia. 

Sabemos que las actitudes interiores nacen en buena parte de la conciencia, que es como la voz de Dios que resuena en el corazón de todos los hombres. Pero sabemos también que nuestra voluntad está herida por el pecado, por lo que es débil frente a las asechanzas del mal y con frecuencia encuentra dificultades para hacer el bien. «No siempre hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero», nos dice San Pablo hablando de la condición moral del hombre (Rom 7, 19). 

Por eso la Paz y la Reconciliación, que es convivencia pacífica y segura, a la vez que fomentada y protegida desde las familias, las instituciones educativas y las diferentes instituciones del Estado, para nacer de dentro de nosotros mismos, requieren la ayuda de Dios, aceptada y correspondida libre y sinceramente por cada uno, con una mentalidad bien formada y una voluntad recta, fundada en la verdad, en el respeto a la ley de Dios, en la justicia y en el amor al prójimo. 

Movidos por estas consideraciones, invito a que, en todas las Comunidades parroquiales, Movimientos eclesiales, Seminario, Universidades y Colegios, Conventos y comunidades de vida cristiana, las familias; en una Palabra: Toda la Iglesia diocesana asumamos esta tarea. Y con respeto invito a las personas de buena voluntad a que nos unamos en una amistad social para conseguir estos bienes tan deseados y necesarios para nuestra sociedad.

Pido que se fomenten, en nuestras Instituciones y familias, prácticas de oración pública y privada por el fin de la violencia y de cualquier tipo de enfrentamiento en nuestra tierra de Guanajuato y por la paz de México. 

Los acontecimientos nos obligan a insistir en esta petición. En nuestra tierra siguen las amenazas y los hechos violentos y siguen las tensiones y perturbaciones de la convivencia. En varios lugares del mundo sigue habiendo guerras y tensiones sangrientas que menosprecian los mandatos de Dios y atropellan los derechos más sagrados de los hombres, generalmente de los más débiles. 

Las personas que sufren estas amenazas y estos horrores de la violencia y del enfrentamiento tienen derecho a esperar de sus autoridades y de las diversas instituciones del Estado que hagan cuanto esté en su mano, dentro de los imperativos de la justicia y de la legalidad, para terminar con las actividades delictivas y establecer un orden justo y pacífico. Pero las autoridades necesitan la ayuda de la sociedad entera, y todos necesitamos la ayuda de Dios para proceder con acierto y fortaleza en un asunto tan arduo y tan importante. 

No sería sensato pensar que la oración es inútil en un asunto tan de naturaleza temporal como éste. Sólo de Dios nos puede venir la necesaria sabiduría, prudencia y fortaleza. Sólo de Dios puede venir la iluminación interior que cambie los corazones de los violentos y de quienes colaboran con ellos. Sólo de Dios pueden venir los deseos sinceros de poner los medios para llegar eficazmente a la concordia y a la paz. 

A la luz de estas consideraciones, los exhortamos a todos a pedir a Dios el fin de la violencia y el don de la paz en nuestra sociedad, con confianza y perseverancia. «Pedid y se os dará, buscad y hallareis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama se le abre… Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!» (Mt 7, 7-11)

Una práctica muy bella y que ha traído siempre las gracias pedidas es la Hora santa de Oración por la Paz que se celebran los jueves en muchas parroquias de la Arquidiócesis. De igual manera exhorto a que se extienda a todas, incluidas las Comunidades de vida consagrada. Pido también que se edite un formulario para facilitar que en todas las Iglesias de la Arquidiócesis se incluya una petición por la paz y por el fin de la violencia en las Preces de los fieles. Además de esto recomendamos que se utilice con frecuencia el formulario de la Misa para pedir la paz, según las normas litúrgicas. 

Además de lo que cada uno haga en su vida personal, dispongo que, durante este curso pastoral 2020, en toda la Iglesia diocesana se conozcan y practiquen los materiales preparados por la Vicaría de pastoral y las Comisiones diocesanas. 

Tres tareas para este propósito:

  1. Ponernos, como Iglesia, en oración.
  2. Tener proyectos educativos y operativos para las comunidades, instituciones y personas participantes.
  3. Realizar acciones concretas.

Nuestro Dios es un Dios de paz. Nuestro Dios bendice a su pueblo con la paz. Que El haga brillar la luz de su rostro sobre nosotros, nos infunda su sabiduría, purifique nuestros corazones, convierta a los violentos y nos dé a todos el gozo de una convivencia justa y pacífica.

Dado en la Sede episcopal de León a los 22 días del mes de diciembre del año 2019.